EL HOMBRE CONFUSO

Yo, modelo de calzoncillos

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Hoy vengo aquí a contarles una historia, como hacía Sophia Petrillo en Las chicas de oro, pero sin mesa camilla ni tarta de queso. Es la historia de Julián, un joven corriente, como usted o como yo, que un buen día decidió hacer realidad un sueño. Sueño que, por otra parte, nunca había tenido, pero no quiero adelantarme. Julián no era especialmente alto ni especialmente guapo, vestía vaqueros y camiseta y le gustaban los juegos de ordenador. Tenía cuatro amigos de confianza y solía caer bien a la gente. Sacaba buenas notas en el instituto, salía los fines de semana pero nunca conseguía hablar con chicas. Ellas le sonreían, dejaban que les acompañara a casa, pero nada más, Julián se despedía y desandaba cabizbajo el desvío que había hecho para no dejar a la chica sola. Julian era virgen, igual que sus otros amigos pero tampoco les importaba demasiado. Un día, hojeando algunas de las revistas dedicadas al público femenino en el quisco de su barrio, Julián se dio cuenta que la clave estaba en el torso. Todos y cada uno de los famosos deseados por las jovencitas tenían unos pectorales y unos abdominales de acero. Julián, que acababa de ingresar en la Universidad, lo tuvo claro. Esa misma tarde se apuntó a un gimnasio.

A los pocos meses, Julián ya vivía inmerso en la rutina deportiva. Pasaba un par de horas en el gimnasio cada día, tomaba batidos de proteínas, una dieta para generar músculo y unos suplementos que le había pasado otro compañero del gimnasio. El Julián de los vaqueros y las zapatillas ya no existía, ahora era él el que tenía unos pectorales de acero. Con la llegada del verano, Julián empezó a ir a la piscina, a broncearse y a nadar, pero sobre todo, a dejarse ver. Nunca había podido presumir de nada, era el enclenque, el tirillas de la clase, pero ahora tenía unos bíceps que casi no podían abarcarse con dos manos. Julián quedaba con sus compañeros del gimnasio, le recogían en coche y se iban a uno de esos polideportivos pertenecientes a las Universidades, uno donde había césped y piscina olímpica. Allí mismo le descubrieron. Una tarde de julio se acercó un hombre con pinta de ejecutivo. Le dijo que era representante, que trabajaba con agencias y tenía muchos contactos en el mundo de la moda. Le pidió permiso para hacerle unas fotos de cuerpo entero. Le dijo que tenía las medidas perfectas, altura y unos ojos raciales. Julián sonrió y apretó el abdomen para que pudiera ver la definición de sus músculos. El hombre le dijo que si él quería tenía un futuro asegurado, las marcas iban a pegarse por tenerle en sus campañas, iba a conseguir lo que muchos deseaban: ser modelo de calzoncillos.

Empezarían por un catálogo para grandes almacenes. Antes de llegar a los buenos clientes, había de hacerse un book y tener campañas para enseñar. Le citó a la semana siguiente en un estudio. Julián hizo intensivo de gimnasio, se cortó el pelo, se hizo un blanqueamiento dental y varias sesiones de rayos uva. Para el día señalado acudió íntegramente depilado, con unos vaqueros ajustados, una camisa blanca abierta, un foulard azul y botas marrones. En el estudio se encontró con otros seis modelos. Todos estaban muy bronceados y parecían conocerse desde hacía tiempo. Le dieron la bienvenida con palmadas en la espalda y abrazos. Le dijeron que ahora iba a ser una estrella, que todas las tías iban a querer acostarse con él en las discotecas, que si se lo montaba bien podía hacer dos o tres campañas al mes y luego asistir a algunas fiestas y que con eso sería suficiente para vivir bien. Le dijeron que hiciera unas flexiones justo antes de posar y que se la tocara un poco, para que llenara bien el calzoncillo. Julián hizo caso a todo. El representante quedó encantado y la encargada del centro comercial más todavía.

A la semana siguiente volvieron a llamarle. Esta vez tenía que posar para otra gran superficie y si sobraba tiempo, para un flyer de una fiesta. Julián repitió el mismo ritual y se presentó en el estudio vestido con vaqueros y camisa blanca. Allí coincidió con algunos de los modelos de la primera sesión. Ya le saludaron por su nombre. La sesión fue más sencilla, dos cambios de ropa interior y a casa. Esa misma noche tenía una fiesta. Le había invitado el director de la agencia. Le había dicho que irían otros modelos, famosas, actrices, presentadoras de televisión y que estaría muy bien que él también fuera. Le dio un adelanto de la sesión para que se comprara algo de ropa. Julián pensó que no era necesario, que con su físico todo le quedaba bien, así que se guardó la mitad del dinero y solo fue a comprarse unos zapatos y un reloj. Visitó tres tiendas del centro hasta que por fin encontró lo que estaba buscado. Le hizo una señal con la mano a una de las dependientas, que resultó ser una antigua compañera de clase del instituto, una de las que se sentaba cerca de su mesa. Ella no le reconoció hasta que vio el DNI cuando se disponía a pagar con tarjeta. “¿Julián? ¡No me lo puedo creer! ¡Estás increíble! ¿Cómo te va? ¿qué es de tu vida? ¿a qué te dedicas?”. “¿Yo? Modelo de calzoncillos”.

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Esta entrada fue publicada el 09/04/2013 por en Historias confusas, Uncategorized.

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