EL HOMBRE CONFUSO

Like father, like son

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Hay momentos en la vida en los que sientes una revelación. Una potente luz cae del cielo y te ilumina directamente, suenas coros de ángeles, pierdes la noción del tiempo y el espacio y en tu interior va cobrando fuerza una idea hasta que, de repente, se materializa ante tus ojos. Entonces sabes que el universo ya no tiene misterios, que la vida tiene un sentido y que tal vez no haya nada más allá de la muerte pero tampoco te importa, porque, por fin, has encontrado la paz. No crean que estas revelaciones son siempre de carácter religioso. Nada de eso. Cuando la verdad aparece ente tus ojos puede referirse a cualquier cosa, incluso a algunas totalmente inexistentes hasta ese momento. Lo importante es el hecho del descubrimiento, no la materia en sí. Da igual que hablemos de la existencia de Dios, de la división del átomo o de la reconstrucción de un asesinato, todas y cada una de estas averiguaciones se manifiestan en forma de revelación ante el elegido. ¿Pero elegido por quién? Permítanme que me guarde este dato, aún soy demasiado joven para morir.

Esta semana hemos asistido a una de estas revelaciones, una que ha afectado profundamente a la vida de un personaje famoso, reconocido y admirado, y claro, de rebote a todos los demás. Porque cuando algo le ocurre a alguien popular, en realidad nos está ocurriendo a todos, sea bueno o malo, nos alegremos por él o sintamos gran tristeza. Su sufrimiento es el nuestro, o al menos, el de unos cuantos. Cualquier hecho, ya sea una muerte, un premio o el robo de unas bragas, trastoca nuestra existencia y nos hace plantear cómo será la vida, cómo habrá cambiado nuestro futuro por ese simple hecho. Por que sí, nuestro futuro cambia aunque aparentemente no tengamos ningún punto de conexión. De ahí la gran importancia de las revelaciones místicas de los famosos. Y no crean que bromeo, o al menos no del todo, y sino, sigan leyendo.

Hace unos días, una luz brillante iluminó la casa de Jeremy Irons. Seguramente el actor debía estar preparando el desayuno, tendiendo la colada o pasando el aspirador -las revelaciones no entienden de momentos oportunos-, cuando una idea empezó a coger forma delante de sus ojos. Dejó caer lo que tenía en las manos, levantó los brazos hacia el cielo y, por fin, lo vio todo claro. “Quiero casarme con mi hijo y ahora, por fin, lo voy a conseguir“. Como en todos los casos, las revelaciones no vienen de la nada, son ideas que han permanecido ocultas, fragmentadas en pedazos inconexos que, gracias a la intervención ajena, consiguen encajar y transmitir la verdad. Seguramente Jeremy ya llevaba tiempo deseando a sus hijos, pero no como padre, sino como hombre. Les había visto crecer y llegar a la pubertad, les había escuchado masturbarse en el baño y ver películas porno a altas horas de la madrugada, pero en ese momento no sabía nada de lo que le ocurría. Simplemente pensaba que era pura curiosidad paternal, pero estaba muy equivocado, todavía no había llegado el momento de la revelación. Tendría que pasar un tiempo, hasta que el matrimonio entre personas del mismo sexo tuviera un reconocimiento legal. Entonces, solo entonces, Jeremy iba a poder encajar las piezas y descubrir la verdad. Y así había ocurrido.

Jeremy, muy contento tras haber encontrado el sentido de su vida, pensó que tenía que acelerar los trámites, que no podía quedarse de brazos cruzados hasta que la sociedad entendiera que el matrimonio igualitario debía comprender también la unión de padres e hijos, y si podía ser con ambos hijos, mejor. Llamó a la prensa e hizo unas declaraciones, sin pensar que la verdad que se le había revelado a él, no lo había hecho a los demás, y claro, sus argumentos no es que no resultaran convincentes, es que de tan ridículos era imposible tomárselos en serio. Alguien se atrevió a decirle que si el matrimonio entre hombres podía llevar al matrimonio entre padre e hijo, como es que el matrimonio entre hombre y mujer no había permitido a los padres casarse con sus hijas, o a las madres con sus hijos, pero Jeremy no quería hacer caso. Él quería casarse con sus hijos, más con Max que con Samuel, y nada ni nadie iba a impedírselo, ¡aunque tuviera que terminar con su carrera!

Y así ocurrió, más o menos. No es que Jeremy no vaya a tener más papeles, ni que vaya a dejar de recibir premios, ni que los demás ganadores del Oscar vayan a devolverlo por no querer compartir su categoría de premiados con él -algo muy de la marca España-, no, su carrera continuará y el público alabará sus interpretaciones, pero ahora todos sabremos que Jeremy Irons es idiota. Supongo que deberá compensarle, porque sino…

Un comentario el “Like father, like son

  1. elhombreconfuso
    06/04/2013

    En la foto, Max Irons.

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Esta entrada fue publicada el 06/04/2013 por en Artículos confusos, Uncategorized.

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