EL HOMBRE CONFUSO

Aventuras egipcias

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Un niño lloraba en la puerta del museo de historia egipcia. Nunca había entendido porque los dioses tenían cabezas de animales, ni porque alguien quería visitar momias terroríficas. ¿Acaso ahora pasar miedo era algo divertido?. Una multitud de paraguas colapsaban la entrada del museo. Por primera vez, la máscara funeraria de Amenofis IV estaba en la ciudad. Alex y Juan, muy nerviosos, iban cogidos de la mano para no perderse. Entre murmullos, una sirena anunció la apertura de las puertas, la muchedumbre lo celebró con aplausos.

Empujones, codazos, sacudidas y lloriqueos, se había desatado la locura. Las columnas del museo temblaban al paso de cientos de paleontólogos, los arqueólogos habían tomado la delantera, pero nadie podía correr más que aquellos dos niños. Alex y Juan volaban entre esculturas asirias. Cruzaron corriendo el falso pasillo de las vasijas greco-romanas, giraron a la izquierda después de las puntas de flecha medievales, se sabían el museo de memoria. Entonces frenaron en seco, ¿dónde estaba la entrada a la sección egipcia?. Con las prisas, se habían desorientado. El pánico se adueñó de sus movimientos, ¿qué pasillo sería el correcto?. Si no conseguían llegar los primeros, no verían nada, ¡maldición!.

Juan no pudo contener las lágrimas. Llevaba preparándose para este momento desde los siete años, cuando vio por primera vez una momia saliendo por televisión. Desde entonces, memorizaba cualquier cosa relacionada con Egipto, podía recitar la lista de todos los faraones y escribir varios jeroglíficos. Todo un récord en un niño de once años.

Alex no podía dejarse vencer. Miró a los ojos de Juan, le apretó firmemente la mano y arrancó a correr. Atravesó filas de turistas y grupos de intelectuales, tenían que llegar los primeros. Con tanta prisa chocó contra los pechos de una veinteañera, intentó disculparse pero no hubo forma. Algo estaba cambiando dentro de él.

A lo lejos, la máscara brillaba desde su vitrina, imponente y misteriosa, ansiosa por encontrarse con todos aquellos ojos que la deseaban. Había sobrevivido a siglos de saqueos, tormentas de arena y luchas de poder, pero ahora, tenía miedo. ¿Cómo iba enfrentarse a la civilización?.

Un gran revuelo alteró la paz que rodeaba la máscara, dos niños cogidos de la mano llegaban corriendo, jadeantes y exhaustos. Lourdes, la vigilante de seguridad, aterrada, se abalanzó a detenerles, debía proteger el tesoro. Alex y Juan la esquivaron sin ningún tipo de dificultad, lo habían conseguido. Casi sin respiración se acercaron sigilosos a la vitrina, contemplaron la máscara sin pestañear, acercaron sus mejillas al frío cristal, los corazones a punto de estallar. Eran los primeros. Por fin, se soltaron de la mano.

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Esta entrada fue publicada el 17/12/2012 por en Historias confusas, Uncategorized.

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