EL HOMBRE CONFUSO

Party Hardy. Quinta parte

Mientras Tom, hijo, se entregaba a John con las piernas abiertas, su padre les descubrió a través de la ventana trasera del taller…

Tom, padre, nunca había sido una persona confiada y así había actuado toda su vida. “Si alguien te echa una mano es que quiere robarte algo, hijo, nunca lo olvides”, solía decir cuando alguno de los habitantes de la ciudad se acercaba amablemente al taller para ofrecer su ayuda. Guardaba celosamente todas sus pertenencias, nunca accedía a recibir visitas en casa y, desde luego, se cuidaba mucho de dejar entrever las ganancias que tenía. Con el tiempo se había convertido en la pesadilla de los comerciantes de la ciudad, escarbaba en sus bolsas, comprobaba minuciosamente las vueltas y nunca, nunca, dejaba que tocaran los productos que había adquirido sin su consentimiento. Y el mismo control ejercía en su casa, donde el orden y las costumbres diarias debían seguirse con un rigor prácticamente marcial. Ni siquiera el nacimiento del pequeño Tom consiguió suavizar su carácter, al contrario, desconfiaba de su propio hijo, llegando incluso a no comer nada de lo que hubiera preparado si él no lo hacía antes. No pensaba dejar tan fácilmente la fortuna que había amasado con tanto esfuerzo.

Cada noche, justo antes de acostarse, Tom, padre, realizaba lo que solía denominar “ronda de seguridad”. Bajaba al taller, comprobaba las ventanas, escondía las herramientas y la recaudación del día, consultaba las reparaciones pendientes y cerraba con llave ambas puertas, la de entrada y la del jardín. Apresuradamente volvía a casa, temiendo que algún extraño con malas intenciones hubiera aprovechado su ausencia para asaltar a la pobre Emily, aunque realmente le preocupaba más el dinero que tenía escondido en la habitación que la integridad de su mujer. Atrancaba la puerta con la ayuda de un pesado baúl, corría todas las cortinas, apagaba las luces y dejaba la escopeta cargada en la puerta del dormitorio. Allí, con Emily ya en la cama y completamente a oscuras, rezaba sus oraciones, se desnudaba y se disponía a dormir, con un sueño tan ligero que no conseguía perturbar su constante estado de alarma. El sonido de los grillos, un búho lejano, las campanas de la iglesia, los pasos del sheriff en su patrulla nocturna y los gallos de la granja Miller eran los únicos ruidos que podían escucharse desde casa de los Hardy. Pero aquella noche todo fue diferente.

Cuando hacía apenas un par de horas que Tom, padre, estaba en cama, el golpe de una puerta le hizo abrir un ojo. Durante unos segundos una sensación extraña se instaló en su estómago, hasta que recordó que había dejado a su hijo en el prostíbulo. No había de qué alarmarse, sería el joven Tom que, satisfecho por haberse convertido por fin en un hombre, había ido al taller a celebrarlo. “Tras una noche así lo que menos querrá es volver a su solitaria cama”, pensó Tom, padre, antes de volver a conciliar el sueño. Entonces, un segundo portazo le puso en alerta. Aquellos no eran ruidos de vuelta a casa, no habían cerrado con llave, no se escuchó la puerta del jardín ni los relajados pasos de su hijo subiendo las escaleras. Alguien había entrado en el taller, tal vez animado por la oscuridad y la despreocupación del joven. Rápidamente cogió la escopeta, uno de los abrigos y se dirigió a defender su propiedad. “No sé para que tenemos un sheriff en esta ciudad si, al final, ¡todo lo tenemos que resolver los vecinos!”, pensó mientras se asomaba a la ventana trasera del edificio con cautela. Lo que vio, le heló la sangre.

Su hijo, desnudo de cintura hacia abajo, estaba tumbado en la cama del despacho, con cara de preocupación, bastante sudado y parecía que tuviera las manos atadas. Encima, John, el hijo del director del banco, también desnudo, le miraba fijamente mientras parecía tratar de hacerle el amor con cortos golpes de cadera. Ambos estaban muy excitados, aunque sus actitudes eran muy diferentes. Sin duda, su hijo estaba siendo víctima de un atracador, que no contento con sustraer todo el dinero, pensaba aprovecharse físicamente de él. Hacia tiempo que corrían rumores acerca de la ruina en que se encontraba el banco por la mala gestión de su director, pero nunca hubiera pensado que el joven John, tan educado y responsable, además de un ladrón, era un pervertido.

Acercó la culata de la escopeta al cristal, dispuesto a romperlo, cuando vio como el despreciable atracador se disponía a desatar al joven Tom. Por fin respiró aliviado, los Hardy eran hombres de pocas palabras pero certeras, sabían como convencer a los demás, incluso en situaciones tan extremas como aquélla. Pero su hijo, sorprendentemente, ni siquiera se movió. No luchaba, no se defendía, parecía que no le importaba, incluso que le gustaba… Aún con las manos libres no ofreció resistencia al ataque, no buscó ningún tipo de objeto contundente, aunque no la hacía falta pues era mucho más corpulento que John. Simplemente se limitó a subir las piernas a los hombros de su agresor y a dejar caer la cabeza hacia atrás. Tom, padre, no podía creer nada de lo que veía. Colapsado se apoyó contra la pared y dejó caer la escopeta al suelo, alertando a los dos jóvenes.

Tom, hijo, horrorizado ante la visión de su padre, prácticamente no podía respirar. Aterrorizado y con un rápido movimiento de piernas se quitó a John de encima y saltó de la cama. Éste, totalmente desprevenido, salió volando hasta chocar con la pared, con tan mala suerte que rebotó contra el armazón de hierro forjado y acabó tendido en el suelo. Tom no reparó ni un segundo en su amigo, tan sólo podía pensar en escapar. Recogió sus ropas, corrió hasta la entrada, cargó las bolsas de lona y el pesado abrigo y salió al patio, sin pantalones ni ropa interior. Lanzó su pertenencias por encima del muro de los Morrison y trepó con todas su fuerzas, sin importarle los arañazos ni los rasguños que las afiladas piedras le iban provocando en las piernas. Sin tiempo para acicalarse, intento recobrar la compostura, al menos para pasar desapercibido en caso de encontrarse con alguien, circunstancia realmente extraña a esas horas de la madrugada. Sacó algo de dinero de la bolsa y se dirigió hacia la estación, en veinte minutos pasaba el tren hacia la costa y, desde luego, no podía perderlo.

En el taller, Tom, padre, permanecía apoyado contra el muro, tratando de entender lo que acababa de ver. Ni los ruidos ni los golpes de la puerta al abrirse habían conseguido alertarle. Había escuchado rumores, historias de viajeros que hablaban de ciudades lejanas, donde el libertinaje era costumbre y la moral y el recato habían sido desterrados, donde hombres y mujeres se amaban sin importarles la condición ni el género, donde nadie juzgaba al prójimo por muy reprobable que pudiera parecerle su comportamiento. Lugares exóticos, seguramente irreales, fruto de mentes demasiado intoxicadas por el alcohol, pensaba Tom, padre. Cosas así no ocurrían en su vieja ciudad, bien adiestrada con rectitud y mano férrea. Pero ahora, todo había cambiado, y lo peor, por culpa del apellido Hardy.

Tras una larga espera, notó como unas manos frías le ayudaban a levantarse. Su tacto era extraño, entre húmedo y viscoso, aunque nada repugnante. Le condujeron hacia la puerta del taller, acariciándole el pelo y la espalda, le obligaron a entrar, empujándole suavemente, parecía que hasta le movían las piernas. En la habitación del fondo todavía estaba la luz encendida y podía verse la cama revuelta. Las manos no le dejaron retroceder, “por favor, por favor…” susurró Tom, padre, mientras cruzaba el umbral de la puerta. Un enorme charco de sangre inundaba el suelo de la habitación, le flaquearon las piernas, John estaba muerto y no había ni rastro de su hijo. Las manos frías desaparecieron y Tom, padre, cayó desmayado al suelo.

 Anteriormente en Party Hardy: I, II, III y IV.

Un comentario el “Party Hardy. Quinta parte

  1. armando
    30/08/2013

    que es lo que pasa despues ? :O y la seta parte ?

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Esta entrada fue publicada el 16/09/2012 por en Historias confusas, Uncategorized.

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