EL HOMBRE CONFUSO

Party Hardy. Tercera parte

La noche de su dieciséis cumpleaños un grito le devolvió a la realidad…

El prostíbulo de Miss Bowery estaba bastante concurrido para no ser un día festivo. Aquella era una ciudad tradicional y responsable, incluso para la prostitución. Los hombres trabajaban hasta la puesta de sol, las mujeres tejían cerca de la ventana, los niños asistían a clases de catequesis, las cenas eran ligeras y las sobremesas cortas. Nadie, o prácticamente nadie, se escapaba de las arraigadas costumbres, y si ya resultaba extraño deambular por la calle pasadas las ocho de la tarde, más lo era aún hacerlo entre semana y con el propósito de asistir a las veladas de Las rosas rojas. Pero aquella parecía una noche peculiar, tal vez por el esperado inicio del deshielo. La mayoría de los hombres solteros de la ciudad, y también una buena cuenta de casados, bebían acompañados de las chicas de Miss Bowery, que si bien no eran las más atractivas ni las más voluptuosas, solían pasearse con los pechos fuera y esto ya les bastaba.

Entre los asiduos del local estaba el viejo George Robson, un maquinista de tren retirado ya hacía muchas décadas que, además de darle un toque elegante al prostíbulo, o eso pensaba Miss Bowery, se encargaba también de custodiar los abrigos que los señores iban dejando en la entrada. Como pago, nunca quiso aceptar ningún tipo de sueldo ni recompensa, con tal que le dejaran intimar con alguna de las chicas de vez en cuando, era más que suficiente. Cada día, el viejo George acudía al prostíbulo a media tarde, colaboraba con cualquier tarea pendiente y permanecía sentado en su sillón hasta la hora de cerrar, pero algo diferente había ocurrido aquella noche, una extraña fuerza latía dentro de él y así se lo había dejado ver a Joselyn, una de las más veteranas del local. Juntos se encaminaron hacia la habitación del fondo, la más espaciosa, con unos vasitos de licor y unas enaguas rosas. El viejo George se tumbó en la cama mientras la chica se desnudaba, dejándose puestas únicamente las enaguas, su prenda favorita, apuró el aguardiente y esperó a que Jocelyn pusiera sus grandes pechos sobre su cara. En cuanto uno de los rosados pezones apenas había rozado su boca, cerró los ojos y dejó de respirar. El viejo George Robson había muerto de la forma que siempre había deseado.

Los gritos de Jocelyn alertaron a todos los presentes en el prostíbulo, muchos de los cuales corrieron a auxiliar a la chica, no así John, el hijo del director del banco, que no pensaba dejar que nada arruinara su noche. Mientras Tom asomaba la cabeza para ver qué estaba ocurriendo, John aprovechó para levantar a su chica de la cama y arrancarle la poca ropa que le quedaba puesta. Ésta no hacía más que reír y reír, seguramente un tanto perturbada por la muerte del viejo George, pero se debía a su trabajo en cuerpo y alma, sobre todo en cuerpo. Apartándose la melena de la cara, volvió a tumbarse, deseando que aquello no durase mucho. A su regreso, un tanto impresionado por la visión del cadáver, Tom encontró a su amigo a los pies de la cama, apoyándose sobre los codos, mientras introducía, torpemente, su pene en el sexo de la chica. La otra prostituta, cansada de esperar, había acercado sus pechos a la boca del joven y aprovechaba para darle pequeños azotes en el culo, en un intento de marcar el ritmo. Aquello fue demasiado para Tom que, abochornado, recogió sus cosas del suelo y se marchó corriendo.

Atravesó el pueblo casi sin respiración, no pensaba ir a su casa, donde le recibirían con preguntas y palmadas en la espalda, esperando una victoria que no se había producido. Tampoco tenía amigos con los que pudiera hablar, o familiares cercanos que pudieran acogerle, se encontraba muy sólo, aunque hasta ese momento nunca se había dado cuenta. Corrió sin rumbo, dejando atrás las pocas luces que iluminaban la ciudad, hasta casi tropezar con los viejos almacenes de la familia Jackson, unos fabricantes que zapatos que se había trasladado a la costa hacía ya varios años. Exhausto se dejó caer al suelo, resguardado por uno de los altos muros de ladrillo y empezó a llorar. Los nervios le comprimían el estómago, provocándole arcadas y unos desagradables gemidos, casi no podía controlar el pulso. “No he sabido comportarme como un hombre, no he sabido comportarme como un hombre…”, se repetía constantemente, “mañana todo el pueblo conocerá el deshonor del apellido Hardy y entonces… entonces yo tendré que huir”.

Permaneció más de una hora en la oscuridad, procurando recuperar la calma. No podía quitarse de la cabeza la imagen del pene de John introduciéndose en el sexo de la prostituta, una y otra vez, mientras él apenas podía moverse. Trató de recordar de qué color tenía los ojos la joven, cómo de redondeados eran sus pechos, cuándo se había quitado las medias negras y si sus caderas eran prominentes o no, pero inevitablemente su mente volvía al momento de la penetración. Se imaginó en la posición de John y un escalofrío le recorrió la espalda, empezaba a tener una erección. En plena oscuridad, se puse de pie, se bajó los pantalones y con las manos apoyadas en la pared se dispuso a simular los movimientos que había visto hacer a su compañero. No se le daba mal y, desde luego, su miembro era bastante más grande que el de John, “seguro que le causaba envidia”, pensó, mientras un intenso calor le subía hasta la cabeza y alcanzaba el éxtasis casi sin darse cuenta.

En ese momento, algo crujió a su espalda. Pese a la casi completa oscuridad, podía verse como las ramas de los árboles se movían con el viento, como los pequeños roedores nocturnos corrían entre la maleza y como los murciélagos revoloteaban dentro de los antiguos almacenes, pero aquello había sido un ruido diferente. Tom, ansioso de nuevo, arrancó unas hierbas para cubrir sus propias huellas, se subió los pantalones y empezó a correr hacia la ciudad, esta vez evitando el camino, no podía permitir que alguien le viera llegar y menos a esas horas. Pensaba pasar la noche en el taller y escapar en el primer tren de la mañana, tal vez si desaparecía durante unas cuantas semanas conseguiría evitar habladurías. Buscaría refugio en la costa y encontraría trabajo, debía ganar un buen dinero, y quizá casarse con una buena chica, así podría volver a casa de los Hardy con la cabeza alta, o al menos, tendría alguna oportunidad de recuperar el honor que había perdido aquella noche, con tan solo dieciséis años.

Mientras se alejaba, los crujidos continuaron, cada vez más fuertes. Una figura salió de entre los árboles, protegida por la oscuridad, recogió un puñado de las hierbas arrancadas y emprendió, sin prisas, el camino de vuelta, sabía perfectamente donde iba a encontrarle, no en vano se conocían desde que eran niños…

Anteriormente en Party Hardy: I y II

Un comentario el “Party Hardy. Tercera parte

  1. Ander Goitia L.
    07/08/2012

    Esta novela por entregas está buenísima…

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Esta entrada fue publicada el 07/08/2012 por en Historias confusas, Uncategorized.

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