EL HOMBRE CONFUSO

Marilyn Monroe

El 1 de junio Marilyn cumplió ventiséis años y la Fox le informó de que una prueba en color realizada una semana antes había recibido el visto bueno. Ya estaba programada su aparición en la película en Technicolor para ese verano: Niágara, una cinta de suspense que comenzó inmediatamente con el rodaje de los exteriores en las cataratas (…). En esos momentos, ella y los demás protagonistas de Niágara soportaban el ruido y la furia de las cataratas y de Henry Hathaway, un director no conocido precisamente por su cordialidad con los actores. Para la sorpresa de muchos, Marylin y Hathaway trabajaron juntos seriamente y en un clima de cordialidad, aunque todo ese verano ella se sintió aterrorizada. “Nunca se sentía segura”, declaró el director, “y no tenía la certeza de ser una buen actriz. La tragedia es que nunca se le permitía serlo”. Sin embargo, Niágara le permitió alcanzar precisamente ese nivel, y su manera de retratar a Rose como una mujerzuela es convincente. En esta interpretación no hay nada de la cómica ingenua, jadeante y de inocente actractivo; sólo se ve a una fulana egoista y arisca, segura de su capacidad de seducir y destruir, con su voz teñida de desdén por un marido débil e inútil que se niega a hacer nada por sí mismo.

En una escena del principio del film, cuando llega a una fiesta de un grupo de turistas, ataviada con un ceñido vestido rojo, Marilyn se inclina lánguidamnete y tararea unas cuantas estrofas de la canción Kiss. Se convierte de inmediato en la encarnación de todas las fantasías sexuales masculinas y todos los jóvenes que aparecen en la secuencia apartan la vista de la chica que tienen a su lado, estupefactos ante esta fuerza de la naturaleza. Kiss y la reunión quedan de pronto interrumpidas cuando el esposo de Rose -Marilyn- rompe el disco. Esta secuencia fue improvisada en el plató en el último momento, cuando los perros guardianes del estudio, tras una visita para presenciar el rodaje de una indignada representante del Woman’s Club of America, se sintieron obligados a afirmar que la forma de cantar de Marilyn era demasiado provocativa.

Como recordó Allan Snyder, también fue, casualmente, la película en la que ella aprendió su forma de andar meneando las caderas. El equipo la estaba filmando mientras se alejaba un largo trecho de la cámara, pero la superficie desigual de la calle adoquinada la obligó a quitarse los zapatos de tacón alto, y el resultado fue un meneo que utilizó siempre a partir de entonces.

Donald Spoto, Marilyn Monroe, 1993

Sin duda, gran parte de lo que soy, y seguramente seré, se lo debo a Marilyn Monroe. Hoy, más que nunca, echo de menos a esta rubia… Bye bye, baby.

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Esta entrada fue publicada el 05/08/2012 por en Uncategorized.

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