EL HOMBRE CONFUSO

Una mujer demasiado maquillada (III)

Anteriormente en “Las aventuras de una mujer demasiado maquillada”: parte I y parte II.

Cada vez que se daba una ducha un miedo irrefrenable le recorría el cuerpo. Dejaba tirada la ropa en el suelo, comprobaba el calor del agua, se recogía el pelo en un moño alto, cerraba la cortina y, entonces, es cuando aparecía el psicópata y acababa con su vida a golpe de cuchillo. En una ducha anónima de un hotel igual de anónimo. No podía ser más triste.

Gajes del oficio, pensó. Una no puede dedicarse al contraespionaje y vivir tan plácidamente como una maestra de colegio. Eso ya lo sabía cuando decidió emigrar a Estados Unidos, siguiendo a uno de sus múltiples amores, que al final resultó que trabajaba para la Secretaría de Estado. Una cosa llevó a la otra y pasó de hacer el amor furtivamente en la mesa de reuniones a presidir una de las comisiones de control. Todo había sido fruto de una pretendida casualidad. Siempre había tomado todas las decisiones importantes guiándose por su vagina, y a veces por su corazón, pero nunca por su cerebro. Y por el momento, no le había ido del todo mal.

Entre pensamientos salió de la ducha. Le esperaban por delante un par de reuniones, una cena y, sobre todo, una cita en una de las columnas del Stockholm Konserthuset con el que, a todos los efectos, iba a ser su marido durante las próximas 48 horas. Debía esperar en la habitación del hotel hasta que un empleado le trajera una carta certificada, donde aparecería la hora exacta de la cita. Hasta el momento, únicamente le habían proporcionado cuatro datos físicos demasiado vagos, que encajaban con el setenta por ciento de la población masculina mundial, para que fuera él quien la reconociera. Viejos trucos que empezaban a crisparla ligeramente.

Fuera seguía nevando con fuerza. Contemplar el frío polar completamente desnuda desde su templada habitación le producía un placer indescriptible. En ese momento, envidiaba a los hombres, mataría por tener un órgano que expresara su excitación de forma física. Todo sería mucho más sencillo. Acercó uno de sus pezones al gélido cristal, dejando escapar un gemido entre placer y dolor. Ojalá su nuevo marido tuviera los ojos azules como Paul Newman, aunque ella no era rubia como Elke Sommer. Sus muslos ardían cuando llamaron a la puerta. ¡Mierda!

Sin molestarse en ponerse el albornoz, atendió al sorprendido mozo. Efectivamente, traía la carta, el tiempo empezaba a correr. Pero, ¿podía permitirse disponer de unos minutos más?. Cogió al avergonzado chico de la mano y cerró la puerta…

5 comentarios el “Una mujer demasiado maquillada (III)

  1. daphne fielding
    22/01/2011

    Tengo que leerme todas las entregas de una mujer demasiado maquillada que lo he discubierto hoy.

    Que mona la chica. Es como de otra época.

    Nos gusta.

  2. Alphonse Doré
    22/01/2011

    Después de leer esto, no cabe duda de que SI que triunfarás escribiendo.

  3. Ethan
    23/01/2011

    Tengo que admitirlo, al igual que Alphonse Doré, me encanta como escribes.

  4. elhombreconfuso
    23/01/2011

    Me abrumáis!! Oh, gracias!

  5. insermini
    23/01/2011

    muy fans! queremos una novela entera

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Esta entrada fue publicada el 22/01/2011 por en Historias confusas, Uncategorized.

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