EL HOMBRE CONFUSO

Party Hardy. Segunda parte

Y así, día tras día, hasta que, recién cumplidos los dieciseis años, algo ocurrió en la vida de Tom Hardy

Habían sido unos años duros para la ciudad, la nieve había sepultado las calles, los cultivos habían descendido hasta límites alarmantes y muchos de los conciudadanos habían dejado sus casas vacías en busca de un clima más adecuado para sobrevivir. El correo únicamente llegaba durante los meses de verano, las líneas de teléfono permanecían cortadas por culpa de las ventiscas y casi nadie se atrevía a salir a la calle más del tiempo necesario, así lo había dictaminado el sheriff, aunque claro, él nunca renunciaba a sus noches con Maggie, la pelirroja, una de las chicas más populares del prostíbulo. Las señoras mayores pasan las tardes en casa de la Sra. Collins, disfrutando de su calefacción, saboreando sus delicados pastelitos y aprovechando cada ausencia de la anciana para criticar sus escasas raciones y el oporto tan suave que les ofrecía. “Seguro que le añade agua” se decían unas a las otras. Los hombres, mientras tanto, se gastaban el poco dinero que les quedaba en timbas improvisadas, lamentándose por su mala suerte y fumando grandes puros.

Tom, padre, aconsejado por Emily, había ampliado el negocio a la reparación de calderas, convirtiéndose en el hombre más ocupado de la ciudad. Pasaba los días de casa en casa, cambiando piezas y filtros, mientras los pedidos se acumulaban en la mesa del taller. Su servicio, aunque no muy pulcro, era rápido y eficiente, y sus tarifas tan modestas que los clientes siempre terminaban insistiendo para que se llevase algunas monedas más o, incluso, un buen pedazo de pastel. Una vez, Miss Jenkins, tan agradecida por volver a disfrutar del placer de la calefacción, le enseñó los pechos, invitándole a que los tocara, gesto que Tom, padre, rechazó rotundamente de primeras, pero terminó sin poder resistirse a lamerle los pezones. Ambos juraron guardar silencio hasta la tumba, aunque ninguno de los dos cumplió su promesa.

Tom, hijo, seguía encargándose de las reparaciones de tractores, motociclos y algún que otro vehículo más grande. No había aprendido a apreciar su trabajo, aunque sí a respetarlo. Se esforzaba al máximo, permaneciendo ocupado, o al menos simulándolo, durante la mayor parte de la jornada. Atendía a los requerimientos constantes de su padre, organizaba los pagos y los cobros, redactaba los pedidos y se encargaba de aligerar las reclamaciones por las chapuzas que, desde luego, no eran pocas. Llevaba ya más de cinco años rodeado de grasa y recambios, arrastrando pesados motores, sosteniendo enormes calderas mientras Tom, padre, soldaba con una lentitud propia de un relojero. Su cuerpo, antes enclenque y delgaducho, se había ido desarrollando rápidamente. Atrás quedaron los días de quejas, de dolores, de “padre, no ve que ese hierro pesa más que yo”, ahora lucía unos biceps de acero, una espalda ancha, unas fuertes abdominales y hasta empezaba a salirle un poco de vello en el pecho, herencia paterna, claro. Incluso había conseguido dejarse crecer un bigote, de color claro y no muy poblado, que le ofrecía un aspecto duro y masculino, o al menos, eso quería creer.

Los largos inviernos, las pocas ganancias y el deterioro del pueblo había llevado a una gran escasez de hombres jóvenes, muchos de los cuales había emigrado a pueblos vecinos, de mayor tamaño, buscando una buena oferta de trabajo. Tom, hijo, era uno de los pocos que seguía viviendo en la casa familiar, yendo a misa los domingos y quitando la nieve de la calle con una enorme pala. Sin pretenderlo se había convertido en un hombre muy popular. Cada día decenas de muchachas pasaban a saludarle por el taller, con la excusa de ir a buscar unos huevos a la granja, unas telas a la mercería o algo de leña para que sus madres prepararan el estofado. Todas sonreían educadamente, se sonrojaban y bajaban la mirada a su escote, esperando que los ojos de Tom se posaran también en sus pechos, pequeños pero concienzudamente realzados. “Buenos días Mary, buenos días Joan, buenos días Dorothy, espero que su madre se encuentre mejor y que la caldera funcione sin problemas”, repetía el joven día tras día. “Muchas gracias, jijiji, no dude que le daré sus recuerdos a mi madre, jijiji, espero que pase un buen día y no se esfuerce demasiado que sudará mucho…” respondía Joan, la mayor de las tres. “¡Qué descarada eres!” susurraban las demás, entre risas y calores.

El día de su dieciséis cumpleaños amaneció bastante despejado, parecía que, por fin, iba a parar de nevar. Su madre corrió a felicitarle, anunciándole que pensaba hacer uno de sus famosos pasteles de manzana para celebrarlo. Tom, tras ducharse y asearse, se puso el mono de trabajo, como cada día, y bajó a desayunar antes de irse al taller. Su padre, previo codazo de la madre, le felicitó con un escueto “Ya eres un hombre” mientras cogía su caja de herramientas. Emily soltó una pequeña lágrima y le dijo a su hijo que no se esforzara demasiado, que debía tomarse la jornada con calma y que esperaba que volviera pronto para preparar la cena. Tom, padre, ofendido por la falta de apego al trabajo de su mujer, dio un portazo y se marchó. “No se lo tengas en cuenta, ya sabes que te quiere más que a nada” le dijo Emily cariñosamente, aunque Tom, de eso, no sabía nada.

Durante el día, la mayor parte de las mujeres jóvenes de la ciudad se acercaron al taller para regalarle dulces, pequeños bordados o unos pantalones de tela, azules, cortos y demasiado ceñidos. A todo ello Tom respondió con un muchas gracias y un par de besos a cada una, aunque realmente, sólo le interesaba Julie Johnson, la sobrina del párroco, una chica rubia, no muy delgada, pero bastante simpática. A veces había pensado en ella mientras se masturbaba en el baño del taller y había sido una sensación placentera. Tal vez, ahora que ya tenía dieciséis, debía pedirle salir y pensar en comprar una buena casa, con jardín para los niños, y que no estuviera demasiado lejos de la casa de sus padres, para que Julie pudiera ayudar a Emily con las tareas del hogar. Sí, eso es lo que debería hacer, sus padres estarían muy contentos, ¡no todos los días se tiene la oportunidad de emparentarse con un párroco!

La cena transcurrió sin mucho festejo, al margen de la famosa tarta de manzana. Bebieron vino, comieron cochinillo y antes siquiera de que se pusiera el sol, ya habían terminado. Durante la sobremesa, Tom, padre, encendió dos puros y le ofreció uno a su hijo. “Ahora ya eres un hombre y puedes permitirte las ventajas de los adultos, pero no olvides que también tienes que encargarte de todas las obligaciones que esto conlleva y de ello dependerá que el apellido Hardy mantenga su honor o caiga en desgracia”, expulsando el humo continuó, “mi padre me hizo un regalo el día de mi dieciséis cumpleaños, igual que su padre hizo con mi padre, y yo pienso hacer lo mismo contigo. Sube a tu habitación, ponte elegante y baja, !pero no te entretengas!”. Entre asustado y nervioso, Tom se puso los pantalones de los domingos, la única camisa que tenía limpia, se peinó con un poco de agua, se arregló el bigote y bajo corriendo a reunirse con su padre. Ambos salieron de casa sin intercambiar palabra.

Delante del prostíbulo les esperaba John, el hijo del director del banco. Hacía varios años que Tom no le veía, desde que dejó la escuela para irse a una de las academias más famosas del condado y, claro, también había madurado. Se había convertido en un joven no muy alto, delgado, de hombros caídos y espalda recta, llevaba el pelo muy corto y se alegró bastante cuando vio a su antiguo compañero. John era unos meses mayor que él, así que ya había cumplido los dieciséis, le estrechó la mano y le felicitó con bastante efusividad. “Hijo, no podrás ser un hombre de verdad hasta que no hayas conocido a ninguna mujer y hoy será el día que empieces tu nueva vida. Tu amigo John, tal como me aconsejó su respetado padre, podrá ayudarte mucho mejor que yo…”.

Los dos jóvenes se adentraron en el prostíbulo empujando la pesada puerta sobre la que colgaban cuatro luces rojas. Dentro una mezcla de humo, perfume y oscuridad buscaba embriagar a los hombres hasta hacerlos más dóciles y receptivos. Tom se encontraba nervioso, sin atreverse a penas a moverse, así que John no tuvo más remedio que cogerle de la mano y guiarle en dirección a Maggie, la pelirroja, que llevaba unos minutos haciéndoles señas. Les acompañó hasta una de las habitaciones, oculta tras unas pesadas cortinas, donde dos mujeres les esperaban cómodamente tumbadas en la cama. Ambas lucían un corsé rojo con detalles negros, medias con liguero y unos labios muy pintados, de no ser por el color de pelo resultaban idénticas. John, haciendo alarde de su experiencia, se acercó a las chicas, les acarició las piernas, les dio unos besos en el cuello y se desabrochó la camisa. Tom fue incapaz de moverse hasta que su amigo le dijo que hiciera el favor de acercarse y cerrar la puerta. Cuando quiso darse cuenta John ya estaba completamente desnudo y su pene erecto le apuntaba desafiante.

Tom nunca había visto a un hombre adulto desnudo, ni tampoco a una mujer, y se quedó muy impresionado. Por mucho que lo intentaba no podía apartar la vista de su amigo John, quien, totalmente ajeno, se dedicaba a manosear a una de las chicas. La otra, por su cuenta, se había acercado a Tom, dispuesta a ayudarle cuando un grito les hizo a todos volver a la realidad…

2 comentarios el “Party Hardy. Segunda parte

  1. alternand
    02/08/2012

    Me gustan estas lecturas de verano. Yo hoy estoy Confuso. http://alternand.com/2012/08/02/superheroes-olimpicos/

  2. Kilian Leblue
    06/08/2012

    Habrá un to be continued? Espero que si, es buenisímo.

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Esta entrada fue publicada el 31/07/2012 por en Historias confusas, Uncategorized.

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