EL HOMBRE CONFUSO

Party Hardy. Primera parte

Les voy a contar la historia de Tom Hardy, un joven mecánico de Missouri que vio como su rutinaria vida entre motores y grasa se desvanecía, casi literalmente, para convertirse en una nebulosa de sexo, dinero y grandes estrellas. Tomen asiento y piensen que cualquier parecido con la realidad no es más que una asombrosa coincidencia…

Tom Hardy nació en un pequeño pueblo de la América más profunda, esa donde los hombres lucen preciosos sombreros y escupen en el suelo, las mujeres enfrían tartas en los alféizares de las ventanas y los niños juegan en la calle con unos aros de madera llenos de astillas. Las prostitutas acudían regularmente a misa, el sheriff encerraba a los delincuentes sin ningún tipo de consideración y las casas eran casi todas de madera, a excepción de la de la vieja Sra. Collins, la mujer más rica de la ciudad. La familia Hardy vivía en las afueras, junto al taller mecánico que el padre, de nombre Tom, regentaba desde hacía ya unos quince años. La madre, de nombre Emily, se dedicaba a cultivar el pequeño huerto, a remendar cualquier prenda de sus vecinos por un módico precio, a preparar mermeladas y mantequilla, a limpiar las casas de un par de señoras de edad avanzada y aún tenía tiempo para mantener algun discreto encuentro con el joven Jim, que viéndole desnudo, desde luego, ya no era tan joven.

Los primeros años de Tom transcurrieron sin ninguna emoción. Acudía diariamente a la escuela con el resto de niños, unos veinte, para que la Srta. Hill le explicara cómo se creó el universo, qué era el álgebra, cómo se reproducían las especies y porque cuándo uno lanza una piedra al aire, ésta vuelve corriendo hacia abajo. La Srta. Hill no era una persona inteligente, ni muy aplicada, pero sabía comprender a los niños y en un pueblo dedicado al trabajo desde el alba hasta el anochecer, eso era una cualidad suficiente para ser maestra. Tom compartía pupitre con John, el hijo del director del banco, circunstancia que aprovechaba para ganarse un poco de respeto. Solían jugar juntos durante el recreo, se copiaban los deberes y John compartía el almuerzo con Tom, pues su madre se empeñaba en hacerle comer un embutido muy duro y correoso que él, evidentemente, detestaba.

Tom, padre, trabajaba todos los días en el taller, descansando el domingo por la mañana para ducharse a conciencia, afeitarse y cortarse el pelo, intentar hacer el amor con su mujer y acudir a misa. Durante la comida, casi siempre compuesta por un puré de patatas y un poco de estofado, repetía constantemente la pérdida de tiempo que suponía la escuela. “Uno sólo necesita saber contar hasta diez y escribir su nombre, todo lo demás son caprichos de gente acomodada” proclamaba orgulloso, dando un golpe en la mesa y dejando entrever que la gente que dedicaba más de un día al estudio estaban ofendiendo al Señor y deberían ser castigados. “El padre Johnson debería hacer algo, ¡debería hacerlo ya!”. Tom, hijo, no le prestaba atención, prefería entretenerse haciendo formas divertidas con el puré, hasta que su madre le daba una colleja y le retiraba el plato.

La escuela de la Srta. Hill únicamente ofrecía cursos para niños de hasta diez años, más allá no se veía capaz de seguir disimulando sus importantes lagunas. Si algún niño quería seguir estudiando, debía irse a otra ciudad, ella misma se encargaba de aconsejar a los padres y escribir cartas de recomendación incluso para los peores estudiantes del pueblo. John, el hijo del director del banco, se trasladó a una de las mejores escuelas del condado, pues su padre tenía dinero para permitírselo. No como Tom, claro, que una vez cumplió sus diez primeros años pasó a incorporarse como aprendiz en el taller de su padre. No sabía nada de mecánica, no le interesaban los coches ni, desde luego, estar todo el día manchado de grasa, pero nada de eso importaba. Su destino estaba más que definido.

Tom era un niño bastante enclenque, de piernas largas pero delgadas, de brazos débiles y tórax escaso. Los primeros días en el taller fueron un absoluto infierno, entre pesadas piezas de metal, esfuerzos sobrehumanos y gritos de su padre diciendo que seguro que una niña sería más productiva que él. Emily se acercaba a la hora de comer para llevarle a Tom, hijo, unos emparedados y a Tom, padre, un plato caliente y una botella pequeña de un vino bastante malo. Luego continuaban trabajando hasta las seis de la tarde, cuando la noche estaba perfectamente instalada y ya no había un alma por la calle, menos cerca del prostíbulo donde las luces rojas escondían las cara de los hombres que acudían. Tom, padre, se quedaba unos minutos fumando en la puerta del taller mientras Tom, hijo, regresaba a casa, completamente exhausto y tan sucio que no podía ni abrir los ojos. Permanecía en un estado hipnótico mientras se limpiaba, cenaba y se acostaba, sobrepasado por el cansancio.

Y así, día tras día… hasta que, recién cumplidos los dieciseis años, algo ocurrió.

3 comentarios el “Party Hardy. Primera parte

  1. Mike
    29/07/2012

    Para cuando la segunda parte??? Esto ha sido como un coitus interruptus!! ;-)

    • elhombreconfuso
      29/07/2012

      Si todo va bien, mañana.

  2. Pingback: Party Hardy. Quinta parte | Somos Chicos

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Esta entrada fue publicada el 25/07/2012 por en Historias confusas, Uncategorized.

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